Había pasillos blancos que olían a tiempo detenido,
sillas donde la espera pesaba más que el cuerpo
y nombres pronunciados
como si fueran pequeñas sentencias.
Aprendí el sonido de las máquinas
la geografía exacta del miedo
y la forma en que una mirada médica
puede abrir un abismo o cerrarlo al instante.
Me volví pregunta.
Cada análisis era una puerta entreabierta
cada noche una negociación silenciosa
con el cansancio, con la incertidumbre,
con ese pensamiento oscuro
que aparece cuando todo calla.
Y aun así, seguía amaneciendo;
había una mano, una voz,
un mensaje sencillo preguntando
¿cómo estás?
y en esas cosas aparentemente simples
se sostenía el mundo.
Descubrí entonces
que la fragilidad no es romperse
sino seguir respirando mientras todo tiembla.
Ahora miro esos días
como quien observa una tormenta desde la orilla
después de un naufragio: empapada, cansada, pero viva.
Y quizá más consciente
que existe una pequeña luz
que brilla en el cuerpo
cuando decide no rendirse.